sábado, 7 de diciembre de 2019

Mi ataque de ansiedad, uno de tantos

Es sábado por la tarde, entrando casi a la noche. Otro sábado sola. Otro sábado atormentándome por los pensamientos negativos e intrusivos que una y otra vez regresan sin dejarme en paz.  Es un sábado donde no sé qué hacer, donde no hay rutina ni actividad que me ayude a despejar y calmar la mente.

Estoy echada en mi cama mirando el techo y es imposible que tenga la mente en blanco. De hecho, los pensamientos en mi mente están corriendo a más de 100 kilómetros por hora, como en una carrera de autos. Es inevitable detenerlos.  Siento culpa, siento nauseas, y empiezo a cuestionarme mis últimas decisiones. Otra vez culpa. Me desespero y siento ganas de llorar. Ahora culpo a los demás.  Más pensamientos perturbadores y negativos empiezan a surgir en mi cabeza. Ahora culpo a la vida y al destino por ser injustos conmigo.

Estuve tranquila en la mañana, pero la soledad del sábado, hicieron que comenzara a desequilibrarme emocionalmente; que empiece a cuestionarme muchas cosas y que permita que sean mis pensamientos negativos y los demonios internos que habitan en mí, quienes empiecen a organizar - mejor dicho a desorganizar - este momento del día.  Esta vez no hubo ningún mensaje que me desestabilice; no hubo ninguna pelea que me desequilibre.  He sido yo misma quien se está autosaboteando, quien está desestabilizandose; soy yo quien está permitiendo que los demonios internos comiencen a ganar la batalla en mi interior.

Me cuesta respirar cada vez más. Tengo que abrir mi boca para poder llenar de aire, mis pulmones. Siento presión en el pecho, de manera ligera y luego de manera más intensa.  Me siento un poco mareada,  y a pesar de no tener dolor de cabeza, siento que ésta pesa más que mi cuerpo. Mi corazón late rápido a pesar de no estar en actividad física, y me siento muy nerviosa.

Al no saber que hacer, la única opción que tengo es salir a la calle y caminar.  Recorro las dos primeras cuadras con mis pensamientos perturbadores dominándome.  Agradezco que nada me haya pasado, pues no estoy concentrada en las calles, en el camino, ni en las personas que pasan a mi alrededor.  

Estoy sufriendo - de eso estoy más que segura - siento mucho dolor emocional, por cosas que no puedo controlar, por situaciones que ni siquiera estoy segura si son reales y si existirán.  Me imagino un futuro incierto donde todos me odian, y me cuesta aún más, el poder respirar. A pesar de ello, sigo caminando.

Llego al malecón de Miraflores, el cual está rodeado de un verdoso pasto. Es prácticamente el único color que logro identificar entre los matices grises que acompañan mi andar. Hace mucho frío y ya es de noche.  Un grupo de adolescentes pasa a mi lado haciendo mucho ruido; ellos ríen y hablan acerca de una broma que uno de ellos hizo al otro.  Luego uno de ellos salta por uno de los muros del malecón para acercarse a aquel verdoso pasto que nos acompaña.  Una de las chicas que esta en el grupo comienza a gritarle para que salga de allí, pues está prohibido traspasar a esa parte.  Ellos siguen riendo y hablan casi gritando, de manera muy eufórica.  Se les ve felices.

Yo era feliz también, y sé que puedo volver a serlo. Pero no tengo idea de como parar estos pensamientos que llegan una y otra vez, que mantienen mi mirada perdida, que me restan energía, que no me permiten ser la mejor versión de mi misma.  Quiero disfrutar más de las cosas sencillas de la vida, dejar de preocuparme por el futuro, parar de sufrir por situaciones irreales que yo misma diseño en mi cabeza. Quiero dejar de culparme por mis errores del pasado.

He perdido al grupo de adolescentes y doblo en una esquina, hacia la izquierda, diviso una iglesia. Sí, es aquella iglesia a la cual entré a rezar -sin poder concentrarme - la semana pasada. Aquella donde me prometí a mi misma perdonarme, pero no pude hacerlo. Aquel lugar donde sólo me quedé sentada en una de las butacas sin poder orar y culpandome, una y otra vez. Quizá sea momento de entrar nuevamente. Quizá pueda volver mañana; aún no estoy lista para perdonarme ni perdonar. Pero se que debo hacerlo.

He caminado de vuelta a casa, y durante el regreso he cuidado y vigilado mi respiración.  He concentrado mis pensamientos en la respiración que llevo y eso ha ayudado un poco a aminorar los pensamientos pesimistas. No se si el hecho de haber pasado cerca a una iglesia me ha ayudado a reflexionar. No estoy segura si he logrado calmarme del todo.  Aguardo la pequeña esperanza que hay pequeñas acciones que puedo empezar a hacer para estar mejor.

En el camino a querer mejorar, a querer sanar mi interior y curar mi alma, lo único de lo que puedo estar segura es que me aferro a mi fe, y me encomiendo al único Dios en el que creo. Es momento de cambiar. Es momento de pasar por una transformación. Es momento de seguir caminando y avanzando - como hoy - sin detenerme.

Lo más importante, es momento de hablar y no callar. Hablar con especialistas de la Salud Mental, sobre lo que me está pasando.


Autor: Mónica Chang
Imagen: https://cuidateplus.marca.com/bienestar/2017/02/27/ataques-ansiedad--aparecen-141523.html

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